Basta pasar unos minutos en cualquier red social para llegar a la conclusión de que nunca hemos estado tan enfrentados. Y aunque el contenido político que encontramos en X, Facebook, TikTok o YouTube es genuinamente hostil, esa hostilidad no describe el tono de las sobremesas, de las conversaciones en los pasillos de las oficinas o la convivencia en las calles del país. Medir la polarización de una sociedad a partir de lo que se discute y cómo se discute en redes sería como medir el carácter de una ciudad escuchando únicamente a quienes tocan el claxon e increpan a otros automovilistas.
El ruido existe. Pero el ruido no es la ciudad.
Vivimos aparentemente rodeados de furia. En un estado de constante ebullición, con adversarios convertidos en enemigos, desacuerdos tratados como ofensas existenciales, posiciones cada vez más absolutas y una conversación o, mejor dicho, un griterío en el que la indignación es el lenguaje dominante.
Existen razones para pensar que una parte de ese enojo es real y que las redes son un termómetro del humor nacional. Pero las redes sociales no son un espejo de la sociedad; son un amplificador de sus voces más estridentes. Son sistemas de selección con algoritmos que ordenan la conversación digital en función de lo que atrapa nuestra atención. Y pocas cosas lo hacen tanto como el enojo.
El resultado puede ser una de las grandes distorsiones políticas de nuestro tiempo: una minoría intensamente enojada adquiere la apariencia y el poder de una mayoría furiosa. Lo que parece clamor nacional termina siendo un algoritmo haciendo eco.
México ofrece un buen ejemplo. Durante los últimos años nuestra conversación política ha desarrollado un vocabulario extraordinariamente eficaz para clasificar al otro. Fifís y chairos. Conservadores y transformadores. Vendidos y fanáticos. Prensa corrupta y propaganda oficialista. Cada etiqueta hace algo más que describir una posición: reduce a una persona a su tribu.
Investigaciones sobre la conversación digital mexicana han encontrado mayores niveles de polarización afectiva cuando el adversario es presentado en términos negativos. Un estudio sobre las publicaciones de López Obrador en Facebook encontró, por ejemplo, que los mensajes contra una “élite corrupta” se asociaban con comentarios más polarizados que las menciones positivas al “pueblo”.
Y el fenómeno, desde luego, trasciende a México. Investigaciones recientes han encontrado un aumento de la polarización en distintos países y han señalado entre sus posibles motores las cámaras de eco y los ecosistemas mediáticos capaces de reforzar percepciones falsas sobre quienes pertenecen al campo contrario. Pero estos datos exigen cautela. Demuestran algo importante sobre la conversación en redes y no necesariamente sobre las sociedades.
Pero hay otra pieza que el algoritmo por sí solo no explica. No es solo que las redes exageren el enojo que existe: es que hemos perdido los espacios que antes obligaban a procesarlo.
La paradoja es que esta omnipresencia de la política no necesariamente significa una sociedad más involucrada en ella. Nunca hemos hablado más de política y hecho menos política.
Las generaciones anteriores participaban en partidos, sindicatos, asociaciones vecinales, organizaciones religiosas y comunidades cívicas. Eran instituciones imperfectas, pero obligaban a convivir. El vecino que votaba distinto seguía siendo el vecino. El compañero que pensaba distinto seguía siendo la persona con quien había que resolver un problema el lunes.
La política contemporánea ofrece algo diferente: pertenencia sin convivencia. Podemos construir comunidades enteras alrededor de personas que piensan como nosotros y conocer a nuestros adversarios casi exclusivamente a través de los ejemplos más ofensivos que un algoritmo seleccionó para mostrarnos.
La hiperpolítica crea la condición. La economía de la atención ofrece el incentivo. El algoritmo selecciona las voces más estridentes. La identidad partidista identifica al adversario. El enojo hace el resto.
Una democracia puede soportar desacuerdos extraordinariamente profundos. Está diseñada precisamente para eso. Lo que difícilmente puede soportar indefinidamente es una sociedad convencida de que compartir el poder con el adversario equivale a entregárselo al enemigo.
El verdadero desafío democrático de nuestro tiempo no es ignorar los desacuerdos, sino aprender a estar en desacuerdo sin dejar de reconocernos en el otro.